EL TURISMO INOLVIDABLE

Desde la infancia, el nombre de Suiza ha llamado mucho la atención de muchas personas, Pero por encima de todo, el país helvético me llega de emoción con sus  montañas; algunas hermosas, como el Cervino, otras crueles, como el Eiger, las más, inabarcables para los mortales, y todas ellas, un reto de conquista para la tozudez humana.

Por eso, siempre es un placer volver a ver los Alpes. Y Ginebra es una excelente puerta de entrada. Allí, además de cambiar moneda, algo a lo que me he desacostumbrado muy rápidamente, hay que empezar a cumplir con los tópicos. Por ejemplo, visitar el Museo de la Relojería, lugar de culto para todo helvético. Pero lo encuentro cerrado.

Alarma en el país de los relojes. Un cartel en la puerta del museo informa que recientemente han robado la mayoría de piezas y se han visto obligados a cerrar las puertas. ¿Es ésta la Suiza

que conocí por primera vez cuando tenía diez años? ¿Habrán perdido su puntualidad, su orden, su extrema educación? Con el corazón en un puño me acerco a la catedral de San Pedro, en el centro histórico, para sobreponerme en “lo alto de su torre con el aire fresco. El

Tiemplo, huérfano de imágenes religiosas, recuerda las luchas entre católicos y protestantes que enfrentaron a las gentes del país durante los siglos XIV y XV. Después, en la estación de ferrocarril, entierro mi temor. Miro el panel de llegadas, memorizo la hora del próximo convoy, y espero. Cuando hace su entrada en la estación, ¡oh, horror¡, mi reloj va atrasado dos minutos. Debo colocarlo a la hora en punto si no quiero perder el tren, el funicular o el telecabina, transportes imprescindibles para conocer bien el país. Definitivamente nada ha cambiado en Suiza.

Ginebra internacional

Pasado el barrio con más siglas del mundo —cobija la ONU, la OMS, la UNICEF o el FMI, entre otros organismos internacionales—, rodeo el lago Léman hasta Lausana, sede del COI —Comité Olímpico Internacional—. He tardado en llegar treinta y nueve minutos. Son exactamente los minutos que la oficina de turismo de Ginebra, analizando las variables del tráfico del momento, la velocidad del viento y un pequeño suceso con un ciclista que se ha

Colado en la autopista, me había informado que necesitaría para llegar.

Las orillas del lago Léman conducen a Montreux, un buen primer campo base hacia la conquista de los Alpes. Como entrenamiento y para testar nuestro estado de forma antes de afrontar la montaña, no es mala idea dar un paseo en ¿“barco por el lago y otro a pie hasta elCastillo de Chillón, una fortaleza me da la energía necesaria.

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