VISITA Y DISFRUTA EN RIBEIRA SACRA

Como una herida sinuosa, el río Sil baja grabado en roca por la Ribeira Sacra. El principal afluente del Miño, nacido en la frontera de León, corre por cañones escarpados hasta la provincia de Orense, siguiendo una comarca que parece congelada en la Edad Media. Monasterios monumentales se cuelgan de las gargantas del río, entre terrazas de viñedos, bosques de castaños y robles, calmos pantanos y riberas de tojales de un dorado tan encendido como el oro que aquí recogieron los romanos. Al fondo, se alzan montañas nevadas donde deja su huella el lobo. Es la Ribeira Sacra, el rincón de Galicia donde el agua reza cantando.

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Riberas del río Mao. El río Mao se separa del Sil entre las poblaciones de Parada do Sil y Castro Caldelas. En su camino hacia el sur nutre exuberantes bosques de castaños.

El pueblo de Os Peares es la puerta natural de la comarca. Con sus casas Viejas incrustadas en la montaña en perfecta convivencia con las vides, el lugar pertenece a tres parroquias, cuatro ayuntamientos y dos provincias.

En tierra de todos

Peares también está cruzado por dos ríos, que se funden en un abrazo formidable bajo la herrumbre del puente del ferrocarril que comunica con Monforte, la villa situada en la otra punta de la Ribeira Sacra.

«El Sil lleva el agua y el Miño, la fama», reza un dicho gallego. De hecho, es su principal afluente el que marca una región en la que se reparten una docena de municipios de un encanto anclado en el pasado. Porque en estas montañas silenciosas hay un problema con el tiempo. Sencillamente, no existe. La vista desde el mirador del Balcón de Madrid es la misma que hace mil años. Las cañadas del río, allá abajo, las cumbres redondeadas cubiertas de ar-

bustos y los tupidos bosques de castaños de donde emergen recios campanarios forman un paisaje donde todo es «hoy», o bien «hoy» no significa absolutamente nada. Si no fuese por las presas, los pantanos eléctricos que sal pican el cauce del Sil cada largos tramos, sería muy fácil trasladarse en el tiempo varios siglos hacia atrás.

A estas sierras aisladas, hendidas por el río, llegaron los primeros monjes durante el” siglo VI. Eran cristianos primitivos, del reino suevo de Gallaecia, que buscaban en la Vida eremita un contacto más directo con el cielo. Hasta que llegaron ellos, la comarca apenas estaba ocupada por los habitantes de antiguos castros donde Roma había dejado su lengua y sus costumbres, pero todavía grababan las piedras con ronseles, ruedas y trisqueles como los que hoy hallamos en Bretaña, Cornualles o Irlanda.

De esta época mágica, telúrica, de una religión agarrada a la tierra, quedan aún en 1a Ribeira Sacra las leyendas.

Por aquí se pasea la Santa Compaña, la comitiva de almas en pena que, las noches de luna, camina por los bosques de niebla buscando almas de Vivos a los que condenar a su misma penitencia.

Aquí saltan los duendes, que los paisanos llaman mamas, a tender trampas al Viajero. Aquí se aparecen también las lavandeíms, extrañas meigas que Vive bajo las aguas del Sil y guardan fabulosos tesoros. En estas montañas, habita la magia, y cuando el sol se rinde y su luz se filtra por los robledales, la hojarasca la anuncia por todas partes.

 

 

 

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